¿LOS PECADOS CONTRA LA PUREZA SON INSUPERABLES?

Aunque algunos necios digan que es absolutamente imposible resistir las tentaciones de la carne, se engañan, y no dicen verdad; si bien es cierto que ninguno puede ser continente y casto si Dios no lo concede, en cambio si se le invoca y se le pide su ayuda es realmente posible. Y tan es así que el Apóstol san Pablo contradice lo que afirman esos necios, y es de fe católica, que Dios es fiel, y no permitirá que ninguno sea tentado más de lo que pueda tolerar asistido de su divina gracia (Cor. X, 13). La oración constante, la frecuencia de los sacramentos, tener siempre en consideración que estamos bajo la presencia de Dios y la huida de las ocasiones de pecado, son esenciales en esta batalla. El Espíritu Santo dice: Acuérdate de los novísimos (los novísimos son cuatro: muerte, juicio, infierno y cielo) y jamás pecarás (Eccles. VII, 14); y en consecuencia, con la ayuda de Dios, la tentación, por viva que sea, siempre puede resistirse.
 
De tres causas, dice san Buenaventura, suele proceder que las tentaciones contra la pureza (pensamientos, deseos, miradas y acciones) suban mucho de punto, de tal modo que lleguen a parecer -aparentemente- insuperables:
 
La primera es, si nuestro pensamiento no se aparta, ni la imaginación advierte de la idea torpe que se le representa. Si la representación indigna va y viene una y otra vez, remueve las pasiones que a manera de un fuego, encienden la sangre, y aumentan la tentación de un modo que parece no ser posible el resistirla. El remedio, es, pues, desviar prontamente la imaginación a otra cosa, aunque sea natural o indiferente; al alejar la mente de la tentación se verá por experiencia que calma su fiereza, al no pensar y regordearse en ella. Pero mientras la imaginación no cesa, la tentación camina siempre en aumento.
 
La segunda causa de la vehemencia de estas tentaciones suele provenir de un sutil y pernicioso engaño que el demonio persuade a gente timorata, que nunca se ha manchado con lo abominable de esos vicios, que el deleite es sumo y grandemente apetecible; y que una vez experimentado, saciará para siempre. Esta tentación se funda en un horrible engaño del demonio, claramente falso; porque, como la experiencia lo demuestra, el pecado lejos de saciar, enciende un furor horrible, que exige nuevas culpas, y más y más, y que hace a la lujuria, en cualquiera de sus formas, insaciable y la convierte en un vicio del que difícilmente se sale; y por otra parte los deleites abyectos, dado que son vivos e intensos, ¡pero son tan infames! ¡tan momentáneos! ¡tan asquerosos! llenan al alma de tan negros remordimientos, que no deben de probarse jamás.
 
La tercera causa de crecer tanto las tentaciones de esta especie, es porque muchas almas no están bien resueltas a despreciarlas y quitarlas, y arrojar lejos a Satanás, y así se pierden. Fíanse en que es cosa leve lo que hacen, y engáñanse, y así vienen a perecer miserablemente. El remedio es una resolución firme, firmísima, de morir antes que pecar, y a consecuencia de ella, evitar todas las ocasiones (y peligros) por pequeñas e inofensivas que aparentemente nos parezcan, pues el demonio buscará persuadirnos de que no constituyen peligro.
 
No nos dejemos cerrar el cielo por nuestros pecados o por amoldar nuestra mente a la sociedad en la que vivimos con su secularismo y materialismo. Los pecados contra la pureza son los que más almas llevan al infierno, nos advierte la Virgen en Fátima. No incurramos en ellos. Y si se tiene la desgracia de vivir atrapado en vicios contra la virtud de la Castidad, tengamos claro que siempre es posible salir de ellos con la ayuda de Dios, la oración*, la frecuencia de los sacramentos y la huida de las ocasiones de pecado, teniendo siempre presente que Dios nos ve en todo lugar y momento.

 ¡Con determinación demos la batalla! La vida es una lucha viril contra nosotros mismos y contra nuestras malas inclinaciones. El genuino hombre domina y controla sus pasiones como el jinete a la bestia. Y si ocasionalmente llega a ser tumbado, se levanta y monta de nuevo con mayor determinación, pues la castidad es una cualidad para verdaderos hombres.